Y nos perdimos como se pierden las cosas sin importancia, las fotos que no se quieren ver, los tickets de metro que te encuentras en el bolsillo del pantalón, o el olor aún en las sábanas de las noches eternas entre otras cuantas estupideces.
Ojalá hubiera sido así, y no te hubiese buscado por cada rincón de aquellas dichosas cuatro paredes, que hoy derrumbaría por no verte más. Ojalá no te hubiese buscado en tu cafetería favorita, en el banco de nuestro primer beso, en las notitas de la pared, o en la camiseta que te dejaste en casa.
Ojalá tú, y ojalá yo. Ojalá hacerme a la idea de estar solo, de dejar de sentir, de cocinar para dos, de pensar en tu padre, de acariciarte el pelo, de enjabonarte en la ducha, de mirarte mientras duermes haces caca, de asustarte cuando vienes a casa, de verte tras el cristal del balcón cuando te vas.
Ojalá perder la esperanza, perder esa chispa que tengo en el pecho y me aterra cada día, me estremece y pone el vello de punta, y ahoga mis ojos mientras muerde mis labios.
Ojalá pudiera sacarla para que dejase de hacer daño.
Y qué rabia, porque en realidad no es daño cuando he perdonado. Sino dolor, porque nos hemos perdido. Y me da más rabia porque nos estamos perdiendo las noches, y la vida.