Ahora te veo triste y que te mueres por dentro.
Que la pena te ahoga y las lágrimas no cesan,
que es el daño que tienes el que no te deja,
y el miedo. El mismo miedo que hace tiempo
no era más que un resplandor que casi cegaba.
De forma que se ha apoderado de ti hasta hacerte suyo, y por desgracia
mía o de quien la quiera, hoy solo veo que te pudres y que no hay vuelta,
que aquí es donde me dejas. Y no hay otra sino esta la más sucia y, joder
manera más vergonzosa que una ráfaga de frío el irte sin media vuelta.
Más asquerosa y repugnante, porque tú nunca has sido así,
sino que te has entregado mientras cobardes han sido tus actos.
Nadie te ha vencido y has sido tú, triste y carcomido el que
ha decidido rendirse como si estuviésemos en una batalla.