Entonces volví a aquel -aún- extraño lugar.
Aún extraño, porque después de tanto tiempo
no había olvidado el más mínimo detalle de su composición,
cada uno de los colores que lo conformaban,
cada perspectiva por rara que pareciera.
Cada parte constaba de un olor propio, peculiar y único.
No podía entender cómo era capaz de recordar todos los términos
que incluso ignorándolos se adentraban en mi mente y se repetían
una y otra vez.
Incluso el escaso silencio que entonces nos rodeaba volvía a repetirse
-insólito, singular y misterioso, pero nuestro.
Cómo el suntuoso sentido del tacto, de la percepción ante el otro,
de la delicadeza, la diplomacia cubrían aquellos frágiles
y tímidos talles de conciencia.
Asimismo era capaz de rememorar cada toque, cada gesto,
y cada enlace que tenía con mi piel entrañándose en mí
de una forma tan característica y enigmática.
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