jueves, 27 de octubre de 2011

Declaraciones.

Esta tarde salí a la calle, llovía a mares y la temperatura pronto rozaría los bajo cero. Habíamos pasado el verano más seco de los últimos diez años -que ni siquiera yo era capaz de recordar. El otoño solo acababa de llegar, pero el frío era notorio en toda la gente. Las calles estaban vacías a las seis de la tarde, la noche llegaba poco después, y la medianoche era capaz de congelar cualquier alma dispuesta a tener una cita. Las mañanas llegaban tarde, y los despertadores sonaban demasiado pronto. Cientos eran los chicos adormilados que salían antes de que apareciera el sol, y que se perdían entre la muchedumbre sin sentimientos. 

No sé por qué lo hice, no tenía intención alguna de presentarme ante ti, creo que ni siquiera me apetecía verte. Pero fue el furor que recorría mi cuerpo, que quería huir del frío y no caer en mitad del camino, el que me hizo inconscientemente ir a ti. Podría haber corrido, sabía perfectamente donde estabas, pero esa no es mi forma de ser, y menos aún de actuar. Di cientas de vueltas antes de llegar a ti, suficientes cajetillas de tabaco y litros de cerveza me hicieron falta, pero eso no es lo que ahora nos importa. 
Pasaron bastantes horas hasta encontrarte, pero no las suficientes para encontrarme a mí mismo. Nunca antes me había sentido tan perdido, y nunca antes antes me había sentido tan enamorado de ti.

Hoy, solo unos días después, se me escapa una sonrisa cada vez que me recuerdo caminando bajo la lluvia, empapado hasta el último centímetro de mi cuerpo, tiritando de frío, huyendo del sinsentido en que podríamos encontrarnos. Llorábamos toda la culpa que ninguno tuvo, llorábamos cada día que estuvimos el uno sin el otro. Pero sobre todo, llorábamos por quitarnos aquel nudo en la garganta que nos impedía decirnos lo mucho que nos queríamos, que nos necesitábamos y que nos habíamos echado de menos.

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